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El ardor y mi ginecólogo

El ardor y mi ginecólogo
Víctor estaba fuera de la ciudad desde hacía tres días y yo naturalmente me encontraba más caliente que nunca. Al día siguiente de haberme masturbado usando mi consolador favorito, empecé a sentir un ardor bastante incómodo en mi vagina.
Aguanté hasta la tarde y entonces pedí un turno urgente con un ginecólogo.

Fui a verlo de inmediato. El médico me hizo pasar a su consultorio. Era un hombre de unos cincuenta años, bastante apuesto y muy amable.
Me pidió quitarme la tanga y me hizo sentar en la cama ginecológica.

El doctor se puso unos guantes de látex, subió mi falda hasta que quedó arrollada en mi cintura y con mucha suavidad me abrió los labios externos. Mientras me la examinaba me hizo algunas preguntas.

El doctor no dejaba de acariciarme la vagina y yo sentí que empezaba a humedecerse. Estar abierta de piernas de esa manera, contestando a esas preguntas íntimas mientras él me tocaba con sus dedos expertos, estaba excitándome demasiado.

De repente me dijo que iba a tocarme el clítoris, para ver lo que yo sentía.
Sus dedos se apoyaron sobre mi clítoris, lo acariciaron, y no pude evitar lanzar un leve suspiro de placer.

“Esto la excita, Ana?”
“Mucho…” Alcancé a responderle entre jadeos.
“Dígame lo que siente ahora…”

Dijo eso y me hundió un dedo profundamente en la concha. Lancé un gemido prolongado y me aferré a los bordes de la camilla.

“Veo que también esto la excita…”Observó el doctor.

Me estaba metiendo y sacando el dedo muy lentamente; eso me estaba volviendo loca.

“Mucho, me excita mucho de verdad” Le dije, pasándome la lengua por los labios. Miré al doctor y pude darme cuenta claramente que en su pantalón tenía un bulto bastante prominente. El hombre también estaba excitado.

“Bien; permítame algo más… quiero ver sus pechos…” Me dijo.
Me abrió la blusa y se encontró con mis tetas. Mis pezones estaban durísimos. El doctor pareció sorprendido de ver que yo no usara corpiño.

Se inclinó para mirar de cerca mis pezones; los pellizcó un poco, haciendo que aumentara mi calentura y pareció quedar conforme con el examen.

“Muy bien, señora. Es tal cual lo pensaba. Para sacarme la última duda, dígame si Usted practica sexo anal…”
Respondí que sí, aunque hacía rato que Víctor no me daba por el culo.
Entonces el doctor se cambió los guantes y lubricó su dedo mayor con un aceite que tenía sobre una mesa.
“Ahora dígame si esto le duele…” Me dijo con mucha suavidad…

Después de decir eso, me hundió el dedo lubricado en mi estrecho ano. Lancé un grito mitad dolor mitad placer, mi espalda se arqueó en el sillón y quedé casi en el aire, sólo apoyada por mis manos y mis pies.
El doctor hizo girar su dedo, con la otra mano me abría las nalgas todo lo posible, lo metió y sacó un par de veces y luego lo miró.

“Perfecto, está todo perfecto. Ahora necesito una muestra de sus fluidos”
Entonces me metió un dedo en la vagina, luego otro, mientras me acariciaba el clítoris. El doctor me hizo una paja maravillosa mientras me alentaba a acabar entre sus dedos.

En menos de un minuto tuve un intenso orgasmo. Fue algo increíble.
Quedé exhausta sobre la cama, sintiendo el palpitar de mi concha bien dilatada. Abrí los ojos y vi al doctor juntando mi orgasmo en un frasco.

Entonces me explicó que el ardor en mi concha era a causa de alguna reacción química, provocada seguramente por el producto de limpieza con el cual lavaba mi ropa interior. Las pruebas de laboratorio lo confirmarían.
Me recomendó no usar tangas ni bombachas al menos por unos diez días. En ese mismo tiempo tampoco debería tener sexo…
Me dio un turno para una nueva visita y se despidió gentilmente de mí…

Tres días después regresó mi esposo de su viaje; con unas ganas de cogerme tremendas. Víctor se puso loco cuando supo que tendría que esperar cinco días más para gozar de mi concha o mi estrecho culo…
Suplicó que me dejara; no iba a aguantar ese tiempo sin cogerme…

Entre ambos encontramos la solución: el buen doctor no había dicho nada sobre el sexo oral, así que, cada noche, yo le daba a Víctor unas tremendas mamadas de verga hasta hacerlo acabar en mi boca…
Mi adorado maridito estaba encantado de que le chupara la pija hasta hacer que me llenara mi boca con semen; pero yo estaba cada vez más caliente porque no podía ni tocarme. Además el hecho de andar todo el día sin mi diminuta tanga rozándome los labios vaginales, aumentaba mi excitación.
Unos días después finalmente volví al consultorio del doctor y lo encontré reunido con otro médico de su misma edad, igual de guapo y elegante.

Me lo presentó como un colega especialista en infecciones vaginales…
El doctor confirmó que el ardor en mi concha se debía al jabón de lavar.
Me quedé más tranquila al saber eso. El ardor había desaparecido por completo. El doctor me ordenó sentarme otra vez en la camilla ginecológica y junto con su colega me examinaron la vagina.
“Está en perfecta condiciones, Ana…” Anunció mi médico tras examinarme.

Luego invitó a su colega para que también me revisara.
Apenas este segundo médico me metió un dedo empecé a gemir.
Llevaba una semana entera sin coger y ahora tenía dos hombres maduros mirándome casi desnuda y acariciándome la concha. Fue demasiado para mí. No hizo falta que ninguno de los tres dijera algo…

Mi ginecólogo se puso de pie entre mis muslos abiertos, sacó su verga ya bien endurecida y me la metió en la concha de un solo golpe. Dejé escapar un grito de placer y de inmediato el otro colega hundió su pija en mi boca.

Yo me sentía en la gloria. Un hombre maduro me estaba metiendo su verga con todas sus ganas en mi hambrienta concha, mientras otro me ofrecía su pija para que yo se la endureciera a lengüetazos.
Me bajaron de la camilla y quedé de pie entre ambos.

“Usted es una mujer muy caliente, Ana…” Dijo el segundo médico desde atrás, acariciando mis tetas, haciéndome endurecer los pezones.
Mi ginecólogo por delante, levantó mi pierna izquierda, la sostuvo con su mano debajo de la flexión de mi rodilla y me metió su dura verga en la concha otra vez. Mientras me chupaba las tetas, mordiendo mis pezones.
Su colega seguía detrás de mi cuerpo. Sentí que buscaba mi estrecha entrada trasera con la punta de su verga bien tiesa. Cuando la encontró, me hundió la cabeza enorme y lancé un grito de dolor…

“Qué buena perra…” Dijo mi médico “Se come dos pijas duras a la vez”.

Me tenían de pie, entre medio de ellos dos, bombeándome sus duras vergas sin parar por mis dos agujeros. Nunca me habían cogido mejor. Yo gemía y aullaba; teniendo un orgasmo detrás del otro.

“Una putita de primera; se le abre el culito de una manera increíble…”

Me bombearon entre ambos durante un buen rato; pero ninguno de los tres alcanzó a acabar en esta posición. Entonces me pusieron en cuatro, de rodillas sobre una silla. Por turno, ambos hombres me sodomizaron, disfrutando cómo mi estrecho orificio se iba dilatando. Me la sacaban y me la volvían a meter, dándome por el culo con mucho ímpetu.

Por mi parte, aproveché para acariciarme la concha mientras ellos me daban por el culo. Finalmente acabé aullando como loca.
Cuando se cansaron de cogerme por la cola, me puse en cuclillas entre ellos y le chupé la verga a cada uno, hasta que por fin acabaron en mi cara y mis cabellos…

A ambos médicos los dejé bastante locos con mis habilidades orales…
Quien todavía se volvió más loco fue mi esposo, cuando llegué a casa y le dije que las pruebas de laboratorio habían fallado y mi ginecólogo tenía que empezar de cero. Todavía faltaba otro mes para poder tener sexo normal.

Esa noche volví a chuparle la pija a mi adorado Víctor, mientras lo convencía de que solamente faltaban otras tres visitas al ginecólogo para terminar todo el tratamiento…

Bunlar da hoşunuza gidebilir...

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