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Mi amiga maite (2)

Mi amiga maite (2)

Aquella tarde volví a casa de Maite. En mi bolsillo llevaba otra carta-relato que había estado escribiendo con el ordenador durante cuatro días. Esperaba que ésta le gustase tanto o más que la anterior. Sé que no es lo mío escribir relatos. Se me da mejor escribir cartas de desamor, pero hay que probar a hacer un poco de todo.

Entré en su casa bromeando como siempre, aunque esta vez no pasé directamente a su habitación, también como de costumbre, sino que fuimos recorriendo las habitaciones de su casa viendo en excelente trabajo que había estado realizando pintando las paredes y los techos. Al mismo tiempo que “supervisaba” la obra también supervisaba, aunque de otra manera, a mi amiga. Llevaba puesta una bata y bajo la bata se vislumbraba una especie de camisón corto brillante y debajo seguramente llevaría puestas unas bonitas bragas negras. Notaba cierta tensión bajo mis pantalones; hacía tres semanas que no nos acostábamos y eso era mucho tiempo. Después de terminar de ver la obra, pasamos a la habitación. Maite sé tumbó en la cama mientras yo me quitaba la chaqueta y buscaba un cenicero para dejar el cigarrillo que acababa de encender. Como siempre, ella empezó a tirarme de la lengua intentando que me contara que había hecho en los últimos días. Yo como siempre tenía poco o nada que contar; mi vida es un poco aburrida.

Mientras ella persistía en su intento comencé a quitarme las botas, tarea un tanto aparatosa. Inmediatamente después me quité la camiseta y acto seguido los pantalones. Cuando me quite los calzoncillos eché una rápida mirada a mi miembro que parecía como si despertara de su letargo. Maite me miraba de arriba a abajo, curiosa. Saqué de la mochila que llevaba unos pantalones de pijama negros y me los puse. Cogí el cigarro del cenicero amarillo y cuando le di un beso le anuncié con una sonrisa pícara que tenía otra sorpresa. Me miró como sabiendo de que se trataba, pero de todas formas me lo preguntó. Mientras me levantaba y buscaba la carta en mi mochila, le respondí que había escrito otro relato erótico. Sonrió, pero no pudo quedarse sin calificarme de “cerdo” y “salido”. En ese momento me vino a la memoria un sueño que había tenido un sábado hace tres semanas, un tórrido sueño en el que la protagonista era ella. Bueno, a decir verdad éramos los dos. Se lo recordé y en ese momento pareció animarse. Me pidió que se lo contara. Yo le contesté que se lo contaría mientras ella me hiciese un masaje. Al principio se negó, como era de esperar, pero al final acabo cediendo. Entonces y antes de que cambiase de opinión me tumbé en la cama boca abajo con la carta delante. Maite se sentó encima y sus manos comenzaron a recorrer mi espalda.

Yo intentaba relajarme para poder leerle el relato, dejarme llevar por la sensación de sus suaves manos acariciándome los hombros y los brazos, pero era incapaz de apartar mis pensamientos de Maite y su cuerpo, más aún cuando notaba los músculos a*****ores de sus muslos en la parte baja de mi espalda. Hice un esfuerzo y empecé a leerle la carta.

Tras una breve introducción llegué a la parte en la que le contaba el famoso tórrido sueño de aquel sábado. NI siquiera cuando escribí el relato pude recordarlo muy bien, lo que si recordé perfectamente fue haberme despertado con una de las mejores erecciones de mi vida. Inmediatamente tuve que masturbarme como un poseso para poder aliviar aquel calor que envolvía mi entrepierna. Mientras lo hacía evocaba los pocos fragmentos que recordaba del sueño.

En uno de ellos yo estaba situado a la derecha de la cabecera de una cama con mi polla apuntando directamente a la cara de Maite, mientras ella, tumbada boca abajo pero con el torso levantado, no dejaba de mirarla. De repente, se incorporó levemente y agarrando mi enhiesta verga con las dos manos, se la metió entera en la boca y comenzó a mamármela como si en ello le fuera la vida.

El recuerdo de este breve pero intenso pasaje, unido al lento y suave masaje con el que mi rubia amiga me estaba deleitando, provocó que mi virilidad se fuese endureciendo y estirando. Enfrascado en mis pensamientos casi no logré advertir que mi amiga se estaba deslizando un poco más abajo y sus manos empezaban a jugar con la goma de mi pantalón. Me olvidé de ello y volví a centrarme en mi relato.

En el otro pasaje que recordaba del sueño, yo estaba sentado en el borde de la cama con Maite sentada en mi regazo. Ella tenía introducida mi tranca en su caliente y suave vagina, y subía y bajaba lentamente tratando de empalarse literalmente en mi polla, con la cabeza echada hacia atrás, mientras me acariciaba la cabeza. Yo, a su vez, le estiraba suavemente del pelo con una mano mientras con la otra agarraba su perfecto trasero. Al mismo tiempo, mi boca recorría sus bien formadas tetas mordiéndolas en la parte superior y jugando con sus duros pezones con mi lengua.

Al parecer Maite se estaba aburriendo ya de el masaje inicial cuando acabé de leer ese párrafo, ya que estaba intentando palpar mi paquete, posiblemente para descubrir si el relato me estaba poniendo tan caliente como a ella. Al llegar hasta dicha zona descubrió que efectivamente estaba totalmente empalmado, y sin preguntarme siquiera intentó girarme sobre mi mismo, para ponerme boca arriba. Yo me di la vuelta y me tumbé como Maite deseaba, con ella sentada a mi lado. Mientras yo situaba las páginas de mi relato delante mismo de mi cara, tras haber colocado la almohada en la nuca, ella me estaba sacando la polla por la bragueta del pantalón sin m*****arse en desabrochar los botones.

En ese momento no pude volver a leer porque me acordé de un día que Maite me deleitó con una ejemplar paja. Aquel día me tumbó boca arriba como estaba en ese momento y sin siquiera quitarme la ropa me hizo la mejor paja del siglo tras una breve pero intensa mamada.

Al parecer hoy iba a ocurrir algo similar, pues Maite se agachó para lamerme la punta del glande y un instante más tarde lo encerró en su húmeda y ávida boca, aunque tan sólo fue un momento. Cambió de posición

y se situó sobre mis muslos mirando hacía mí. Acto seguido me desabrochó los botones y fue bajando los pantalones hasta finalmente quitármelos. Yo mientras tanto me preguntaba si sería capaz de lograr terminar de leerle el relato. En fin, si no lo conseguía yo seguiría ella.

Cuando Maite acabó de quitarme los pantalones, me obligó a separar las piernas y se situó entre ellas. Asió mi empalmado miembro y lo puso verticalmente, entonces comentó lo dura que estaba y como eso la deleitaba. Con la palma abierta de la otra mano comenzó a acariciar la punta del glande trazando círculos. Esta – llamémosla técnica – me la había enseñado una antigua novia, Estibaliz, también especialista en mamármela y meneármela.

No sé porqué en ese momento me vino a la cabeza el recuerdo de una postura, un tanto peculiar, que solíamos practicar Maite y yo y que hacía ya mucho tiempo que no la poníamos en práctica. Ella se tumbaba boca arriba en el extremo de la cama con la cabeza colgando. Yo me arrodillaba frente a su cara y dejaba que ella guiase mi instrumento hacia su boca y me la comiese. Y mientras tanto me recreaba contemplando la impresionante visión de Maite tumbada con las piernas abiertas retorciéndose de gusto mientras yo le acariciaba las tetas y al mismo tiempo le magreaba el clítoris y le endiñaba un dedo en la vagina. Más adelante, ella me agarraba del culo y me animaba a follarle la boca, al principio despacio y luego más rápidamente. Era una postura cojonuda. Otro de los atractivos de dicha postura es que podía, mirando hacia abajo, ver como mi amiga trabajaba mi verga, lo cual me ponía cachondísimo.

Maite siguió con la técnica mientras yo aguantaba como podía la intensa calor que el masaje proporcionaba a la punta de mi nabo. Al mismo tiempo mi voz comenzaba a quebrarse y no conseguía leer con fluidez. Maite se percató de este detalle y para ponérmelo más difícil cambió de posición, se agachó sobre mi pelvis y se engulló literalmente mi verga. Aquello era más de lo que yo era capaz de soportar. Maite era una auténtica entendida en la materia y sabía como llevarme a lo más alto de mis sensaciones. Por otra parte le gustaba tener mi polla en su boca, a pesar de que no le gustase la leche que al final yo eyaculaba.

Siguió chupándomela mientras me la meneaba al mismo tiempo. Yo ya era incapaz de leer lo que tenía delante. Así que dejé a un lado las hojas del relato y me dedique a recrearme en Maite, en su cuerpo y en la maravillosa manera que tiene de hacer ciertas cosas. Me encanta asimismo ver como me devora la picha de arriba a abajo, contemplando como sus labios se estiran para luego replegarse mientras la forma de mi glande dibuja curvas en sus carrillos cuando entra y sale entre sus mandíbulas.

Al ver que dejaba a un lado el relato, Maite volvió a incorporarse y dejo de mamármela. Mientras una mano me acariciaba las pelotas y uno de sus dedos acariciaba esporádicamente la distancia de ahí al ano, con la otra me pajeaba con dedicación manteniendo mi polla casi vertical. Miré a Maite y ella me miró. Continúo así, mirándome a mí y a mi polla durante un buen rato hasta que no pude aguantar y eyaculé una pequeña cantidad de esperma, pues de todas las pajas que me había hecho hasta ese día deseando que llagara ese momento, me habían dejado casi seco.

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Después de limpiarme los restos de semen que quedaban hice tumbarse a Maite en la misma posición en la que había estado yo. Te tendí la carta pero ella replicó que no leería aquello. Yo le respondí diciéndole que yo iba a estar muy ocupado, y no tendría ojos para poder leerlo. Entonces pareció pensarlo, y la final, aunque no de muy buena gana comenzó a leerlo.

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Uno de mis recuerdos favoritos es el del día que mi amiga bajó a Vitoria a verme cuando yo trabajaba allí. Hacía bastante tiempo que no estabamos juntos y ambos echábamos de menos estar juntos y también el acostarnos juntos.

Ese día, antes de ir a buscarla a la estación de autobuses, pasé por el supermercado del Corte Inglés y además de comprar unas pocas latas que constituían en aquellos días la base de mi comida, compré un par de pepinos y un bote de yogur líquido.

Al salir de la estación, fuimos a tomar una cerveza en un bar de enfrente. Luego, la intenté convencer para ir a la pensión con la excusa de que tenía que ducharme o algo parecido. Entramos sigilosamente en la pensión, pues no estaba seguro de poder recibir visitas. Mientras duchaba pensaba si Maite estaría en esos momentos ojeando una revista erótica que había dejado sobre la cama. Ese pensamiento provocó que mi pene comenzará a ponerse duro. Aparté el pensamiento de la cabeza pues no quería salir al pasillo de la pensión con una de mis típicas erecciones. Cuando entré en la habitación, Maite estaba fumando un cigarro, sentada en la cama pasando las hojas de la revista rápidamente como queriendo evitar ver lo que había allí plasmado. Me pregunto si leía habitualmente ese tipo de revistas. Le contesté que de vez en cuando.

Una vez zanjado el tema comencé a besarla. Yo tan sólo llevaba mi toalla alrededor de la cintura, mientras que Maite estaba completamente vestida. La llevé hasta la silla de la habitación y la hice sentarse allí. Mientras la desnudaba la iba besando la boca y el cuello. Cuando conseguí desnudarla del todo la contemple por un momento arrodillado en el suelo. Estaba imponente, realmente estupenda y además estaba muy caliente, a juzgar por el brillo que vislumbraba a lo largo de su raja. Le separé los muslos y se los fui besando por la cara interior evitando a propósito su reluciente chochito. Ella estaba deseando que se lo comiera, pero yo tenía otros planes; sin embargo, ella insistía y me guiaba continua e insistentemente hacia su cueva. Al final, yo tampoco me pude resistir y le pasé la lengua por la raja de arriba a abajo. Sin embargo, interrumpí la tarea después de unos cuantos lametazos más, para ir a buscar el yogur líquido. Cuando lo vio pregunto que para que quería eso en ese momento. Le dije que era una sorpresa. Abrí el bote y antes de que dijese una palabra, vertí parte del contenido sobre sus pechos. La blanca sustancia resbalaba rápidamente por su cuerpo, así que me apresuré a comérselo todo para no desperdiciarlo, empezando por sus senos. Se los devoré literalmente: mi lengua recorría sus pezones y la parte baja de sus pechos. Cuando acabé con la zona superior, eché un vistazo hacia su entrepierna. Tenía el vello prácticamente oculto por el yogur, que también resbalaba por la parte interna de los muslos. Incluso una pequeña cantidad goteaba ya sobre el suelo. Le abrí las piernas; una descansaba sobre el radiador de la pared y la otra sobre la cama. La panorámica que se me presentaba ante mis ojos era impresionante. Una preciosa raja, oculta en parte por el bello púbico y la sustancia lechosa, resplandecía a pesar de la tenue luz debido a la mezcla de la brillante leche rosada y del también brillante flujo que empezaba a asomar en su precioso conejo. Sin esperar más le comí el coño sin dejar un solo milímetro intacto y así seguí durante un buen rato hasta que Maite me obligó a apartarme. Entonces cambiamos de lugar y yo me senté mientras ella se agachaba para besarme. Cogió el bote de yogur, lo vertió por el pecho, y acto seguido empezó a devorar la lechosa sustancia, mientras una de sus manos exploraba otras zonas más abajo. Cuando acabó con el yogur que me había vertido sobre el pecho se arrodilló entre mis piernas mientras yo vertía su postre favorito sobre mi caliente picha. El liquido manjar resbaló a lo largo de mi enhiesto miembro hasta los testículos; Maite aprovechó para extendérmelo por toda la zona y luego procedió a chuparlo, empezando primero por abajo y subiendo luego para acabar metiéndosela en la boca mientras saboreaba los restos del yogur. Estuvimos así un buen rato, mientras yo seguía vertiendo el yogur continuamente para que no dejara de comerme la zanahoria.

Cuando estaba a punto de correrme obligué a Maite a levantarse y la guié hasta la otra parte de la cama donde la insté a que se pusiera a gatas. Mientras ella se ponía en posición, yo metí una mano en el armario donde había escondido uno de los pepinos. Me situé detrás de ella y sin ninguna contemplación le metí la polla en el conejo mientras dejaba el pepino sobre la sábana. Seguí follándola un rato, hasta que abandoné mi posición y me coloqué de rodillas a su izquierda, a la altura de sus hombros; entonces volví a coger el pepino y empecé a pasárselo por la raja. Ella sorprendida, alzó la cabeza y me preguntó con qué la estaba follando. Le contesté que con un pepino. Me miró con una mirada entre sorprendida, m*****a y encantada. Bajo la mirada hacia mi miembro, vio que estaba completamente empalmado de la misma se lo metió en la boca. Era algo impresionante ver a Maite follada al mismo tiempo por la boca y por el coño, pero aún así faltaba algo, así que con la otra mano empecé a acariciarle el ano, continué así mientras ella me la mamaba y al poco tiempo Maite tenía todas la entradas ocupadas: un dedo en el trasero, un buen pepino en el conejo y otro igual no tan gordo, pero seguro que más duro, entrando y saliendo de su boca. Cuando se cansó de ser follada de tres formas diferentes al mismo tiempo, me coloqué detrás y se la endiñé hasta adentro. Ella pegó un respingo y se quejó, pero no me apartó. Yo seguí embistiendo contra su trasero, y mientras mis pelotas golpeaban contra su monte de Venus, yo rogaba mentalmente que algún día Maite me dejase follarle el trasero. Pensando en tan calenturienta posibilidad me corrí satisfecho.

Aquella noche después de salir a cenar a un italiano y de ir de copas por Vitoria, volvimos a la pensión. Esta vez follamos suavemente entre las sábanas, sin dejar de abrazarla, demostrándola que la echaba de menos no solamente para echar unos polvos juntos.

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